lunes, 28 de agosto de 2017

Historia Nº 2

Corriendo con mis juguetes


Preocupado por lo que harían mis amigos al verme llorar cuando perdí aquella competición salí corriendo lo más rápido que pude. Mis piernas me dolían, había entrenado por semanas para ganar pero finalmente mis nervios me consumieron y mi cuerpo no respondió a mis deseos, cuando la carrera comenzó mis músculos se paralizaron, durante un parpadeo pude ver como mis rivales se adelantaban y en menos de unos segundos todo mi esfuerzo se convirtió en malos recuerdos. La ciudad parecía diferente, las personas que me rodeaban parecían meras siluetas deformadas por las lágrimas en mis ojos. Corrí, corrí y corrí hasta que el dolor me obligo a detenerme. No era más del mediodía y me había alejado lo suficiente para que nadie en la zona pudiera reconocerme, nunca fui muy popular y nunca antes lo había visto como una virtud sino hasta ahora, perdí la oportunidad de crecer, ofrecí mucho más de lo que podía pagar, yo lo sabía muy bien, no importaba cuanto corriera ni que tanto llorara mis amigos que encontrarían y finalmente sufriría las consecuencias de mis acciones.

Empecé a correr desde muy joven, mis padres siempre habían fomentado la nobleza del deporte en cada acción diaria hasta el punto de atosigarme con zapatillas, videos y ropa en general con tal de verme cumplir sus deseos de juventud de una familia de campeones tal cual ellos habían jurado en la juventud y sus jóvenes padres antes de eso y así muchas otras de mis parientes. Intentar resistirme a sus peticiones era imposible y caí inevitablemente en sus redes y eventualmente acepte y ellos sonrieron de tal manera que de oreja a oreja podía ver sus mandíbulas cercanas a salirse de su cara. Mi primer día simplemente me presentaron en uno de los clubes locales se sentaron y observaron cada uno de mis movimientos como maquinas especializadas en ello, me sentí feliz, sabía que lo haría bien. Al poco tiempo sus rostros se deformaron, su sonrisa desapareció y podía ver como movían la cabeza en señal de decepción, pene que algún compañero lo estaría haciendo realmente mal. Pasaron unos minutos más y parecían como si quisieran explotar, aparecieron unas venas claramente distinguibles en su frente y sus caras e pusieron roja como tomates, de repente un chillido rompió la paz del lugar, cuando mire de donde provenían pude escuchar otro de la misma intensidad, mis padres se volvieron locos, en medio de la gradas gritaron y gritaron expresando su vergüenza, mi técnica mi postura, cada posible error lo había cometido, al parecer corría como una lagartija. Nunca volví a ese lugar y no fue el único, cada club al que iba era una vena más en la cara de mis padres. Eventualmente se rindieron, los días comenzaron a cambiar, mi feliz hogar cargado de entusiasmo y de un ambiente deportivo había desaparecido para dar lugar un sitio vacío, mi madre me evitaba y mi padre nunca estaba en casa.
Los días pasaron y pasaron mi madre apenas mi dirigía palabra, un insípido “iré a comprar cuida la casa” o un “ve a dormir” eran los únicos momentos en la que oía su voz. Un día que volví tarde de la escuela pude escuchar a mi padre y una voz aparentemente femenina, vestía poca ropa y podía olerse toneladas de perfume desde la entrada. Abrí la puerta rápidamente y subí las escaleras lo más rápido que pude aunque inevitablemente termine cruzando miradas con aquel ser con hombros anchos como un ropero y bigote abalanzándose contra mi padre quien tenía una sonrisa obscena. No dije nada, quería olvidar todo, ayúdenme a olvidar repetía constantemente en mi cabeza.

Ya no veía a mi madre, nunca estaba en la casa, en su lugar había pequeñas hojas de papel que indicaban donde estaban las latas de comida y el abrelatas. Mi padre se veía extrañamente feliz pero ni me dirigía la mirada, me ignoraba aun tirándole pequeñas hojas de papel mi existencia no parecía importarle. En la escuela todo parecía normal, me levantaba, me arreglaba, salía y luego de unas horas volvía a mi casa. Nunca fui popular, mi rostro, voz y movimientos alejaban a la gente y nunca me importo la soledad gracias a mis padres pero sin ellos los días parecían eternos.
Empecé a recurrir a mis viejos juguetes, ubicados en solitarios estantes durante años me recordaban a mí, fui yo quien los abandono. Elegí 3 para jugar, un soldado de vanguardia que con su metralleta destruía las bases enemigas como a el papel japonés pero que nunca olvidaba el cumpleaños de sus subalternos y lo llame Arnoldo, un fiero tigre dientes de sable que corría y trituraba a sus presas tal cual una galleta de agua pero que solo atacaba a los enemigos de la justicia y le puse Pedro y por ultimo un peluche de un oso misterioso y aliado de la oscuridad que buscaba arrastrar a todos al infierno.
Me sentía un poco mejor de alguna manera simplemente hacer pantomimas frente a ellos, moverlos y estrellarlos me hacía olvidar las penas. Arnoldo sostenía mi mano cuando el mundo parecía caeré a pedazos, Pedro corría para hacerme sonreír y el oso malvado me motivaba a tener alguien a quien vencer, yo era la justicia y el mal, nuestra pelea seguiría siempre que mi corazón y el suyo persiguieran nuestras metas. Cada día era diversión en mi habitación, volvía de la escuela para revivir mis batallas, Arnoldo disparaba a los tanques y demonios del oso malvado y yo mientras montando a Pedro disparaba a sus cazas y apaches para evitar que un club deportivo fuera destruido. Finalmente el oso fue replegado y mientras nos acercábamos para dar el golpe final nuestro último choque de palabras comenzó
Federico - ¿Oso por qué haces esto? Mis padres aman ese club, allí se conocieron y ganaron competencias, cualquiera que aborrezca el amor, la competencia y la nobleza caerá ante mis magnificas habilidades.

El oso no dijo palabra alguna, se mantuvo estático, no parecía responder así que solo terminamos la batalla pero el mal siempre vuelve y mientas pase yo lo detendré día a día aunque siempre terminen igual.
Ser acercaba los eventos deportivos y todos estaban acelerados, no quería saber nada de ello, hasta que al gire la cabeza vi a mis padres tomados de las mano hablando con un profesor, no tuve el valor de acercarme, las peleas que dejaron esa casa vacía fueron mi culpa si algún día quería dirigirles la palabra nuevamente debía hacer algo. Le pregunte a Arnoldo.

Federico - ¿Amigo, gran soldado me ayudarías a cumplir esta misión?
Arnoldo – Con mucho gusto mi señor
Federico – ¿Vos también pedro?
Pedro – Con gusto mi señor

De repente el oso hablo

Oso – No permitiré que mi rival se vuelva más fuerte sin intervenir, mi corazón lleno de maldad no permitirá la iluminación sin algún costo. Te equivocaste al dejarme con vida ya que se acerca la batalla final. Si pierdes vendrás conmigo y olvidaras a tus amigos… pero si ganas me rendiré y me iré para siempre.
Federico – si venzo al mal podré volver a mi mundo con mis amigos trato hecho oso malvado
Fue entonces que mis batallas diarias terminaron y comenzó una guerra contra mis propias fuerzas, corría diariamente sin parar. No iba a clases, comía todo lo que podía y me estiraba después de cada sesión. El tiempo paso podía ver mis fuerzas crecer, sentía que si mis padres me miraran ahora se sentirían orgullosos pero todo a su tiempo me dije y continúe luchando por ver su gran sonrisa.

El día llego, Arnoldo y Pedro me animaban a gritos pero cuando la carrera empezó mis piernas fallaron, llegue ultimo y la vergüenza me hizo alejarme todo lo que pude. Nadie me observaba como de costumbre y cansado caí rendido en las raíces de un árbol cercano a mi casa. Con lágrimas en los ojos lentamente caí dormido solo para despertar con las sirenas de la policía que sonaban estridentemente frente a mi casa, mi vecino con la cara tapada fue metido con rudeza en el vehículo mientras los vecinos miraban con indignación y mis padres lloraban. Arnoldo y pedro aparecieron detrás de mí y dijeron.
¡La justicia ha ganado una vez más!

Federico – Jamás nos volveremos a ver, perdonen mi incompetencia, perdónenme mamá… papá.
Oso – Perdiste te iras conmigo, Arnoldo y Pedro gracias por todos estos días, realmente me divertí. Federico, nada de esto es tu culpa siempre fuiste un buen chico y nosotros lo abemos, amaste a tu familia hasta que ya no pudiste más. Vayámonos ya OH y mi nombre es Ariel, es hora de ir a un lugar mejor.
Me despedí de mis juguetes con un abrazo y cumplí mi promesa con Ariel, tome su mano y nos fuimos. El camino fue largo, pasamos por el primer club donde corrí alguna vez, nos sentamos y vimos competir a mis padres cuando eran jóvenes. Fue impresionante mi corazón latía muy fuerte, quería correr también. Ariel me llevo y tras hablar un poco los 3 tomados de las manos fuimos a la pista mientras que mi viejo oso se despedía amablemente.

Fuertemente, sostuve las manos de mis padres, ellos me guiaban y yo los sostenía. Yo los iluminaba y ellos me abrían la puerta a otro mundo.


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